Dicen que ella no piensa, que nada le afecta. Quieren pretender que cualquier persona es immune a lo que sea, que resiste cualquier crítica, broma o burla. Pero a veces hay que decir basta. Sí, basta de risas, de quitar importancia, de hacer ver que la vida es un chiste sin gracia. Porque no hay un ápice de verdad en ello y fingir, que es lo que hace el afectado, es doloroso y deja mella.
¿Por qué no aceptar la palabra diferencia? Cuando un clavo sobresale está condenado a golpear su cabeza contra todo lo que le roce y nadie se preocupa por evitar eso, al revés, lo rozan una y otra vez como si quisieran recordarle que no encaja.
Ella es ese clavo, distinta y excepcional si se piensa en positivo, rara si ese punto de vista no se tiene en cuenta. Ella no discute ni condena, sólo observa, mira a los demás y se pregunta por qué quieren ser iguales si es en la diferencia donde está la gracia.
martes, 26 de enero de 2010
jueves, 21 de enero de 2010
UN MAL DÍA
Al cabo de cinco minutos pudo sentarse a pensar. Se había pasado el día entero de un lado para otro, agetreada, sin la oportunidad de parar. Ella sabía que últimamente las cosas iban demasiado rápido, que se precipitaba, que no podía. Ni con su cabeza, ni con su cuerpo, ni con nada. De repente, al mundo le había dado por girar más rápido de lo que podía aguantar y aunque intentó esforzarse nadie quiso darle tiempo. Se decía a sí misma que sólo le quedaba llorar, que nada podía ir peor, pero incluso eso sería perder el tiempo. Ya había tenido bastante y decidió parar. Estaba sentada en un banco en medio de la calle, quieta, viendo pasar a la gente. Sabía que estaba perdida en el mundo, sin embargo, lo que no sabía es si había alguien más como ella. Un chico se sentó a su lado, ausente, mirando sin ver, tal y como hacía ella. Se miraron y consiguieron arrancarse una sonrisa el uno al otro:
- Un mal día, ¿no? - dijo él.
- Demasiados - contestó ella.
- Nunca es tarde para cambiar eso.
Y empezaron a hablar, de cualquier cosa, de lo que les hacía gracia. Varias sonrisas asomaron a sus labios después de la primera y cuando se separaron, quedaron en volver a verse. Sin saberlo, ambos habían empezado a cambiar aquello, a ver las cosas de un color mucho más alegre que el gris. Ella volvió a casa animada, con la cabeza en orden y con ganas. Él tenía razón, nunca era tarde. A partir de ese día, aquel banco sería su punto de encuentro. Ella acudiría a él y él a ella, para darse mútuo apoyo cuando nada en el mundo daba resultado.
Porque a veces lo único que necesitamos es que alguien nos diga que podemos.
- Un mal día, ¿no? - dijo él.
- Demasiados - contestó ella.
- Nunca es tarde para cambiar eso.
Y empezaron a hablar, de cualquier cosa, de lo que les hacía gracia. Varias sonrisas asomaron a sus labios después de la primera y cuando se separaron, quedaron en volver a verse. Sin saberlo, ambos habían empezado a cambiar aquello, a ver las cosas de un color mucho más alegre que el gris. Ella volvió a casa animada, con la cabeza en orden y con ganas. Él tenía razón, nunca era tarde. A partir de ese día, aquel banco sería su punto de encuentro. Ella acudiría a él y él a ella, para darse mútuo apoyo cuando nada en el mundo daba resultado.
Porque a veces lo único que necesitamos es que alguien nos diga que podemos.
lunes, 11 de enero de 2010
QUE VALGA LA PENA
En un día normal de nuestras vidas tendemos a dejarnos arrastrar por la corriente de metas con las que nos bombardean los que dicen saber lo mejor para nosotros. Sabemos que lo primero es estudiar, y en eso no le falta razón a nadie, sin embargo no es sinónimo de libertad (eso que tanto queremos) dejar que escojan por nosotros hasta la ropa que nos pondremos al día siguiente. La rutina vence con facilidad porque es cómoda y segura, a diferencia del riesgo que supone intentar algo nuevo. Si no tenemos otra aspiración en la vida que conseguir un trabajo estable de lo que sea (de qué trabajar no es importante mientras la paga sea buena), disponer de un sueldo considerable y dejarnos engañar por la sarta de modas y tendencias que nos digan cómo tenemos que ser para agradar, ser unos mandados parece una suculenta opción. Pero para mí ese proceder carece de toda atracción. Arriesgarse a hacer lo que nos gusta implica decepciones, esfuerzo, errores y, por supuesto, dificultad, pero la recompensa si se consigue el triunfo es tan grande que nada de eso importa. Pienso que es preferible aprender de nuestros propios errores, dejando que seamos nosotros los que nos equivoquemos para vivir de ese modo la verdadera experiencia, que permitir que nos tengan en una urna de cristal protectora de todo mal y aislante de todo bien. Si nadie puede hacer de nostros mejor que nosotros mismos, ¿porqué no hacer que nuestra vida se salga, ni que sea un poco, de lo establecido, arriesgarnos y hacer que valga la pena? Nadie nos asegura el éxito, pero al menos hay que intentarlo... ¿Cómo avanzará el mundo sinó?
sábado, 9 de enero de 2010
Presentación
Hola a todos,
Esta es la primera de muchas entradas que publicaré de ahora en adelante. Como amante de la escritura y aficionada a ella me gustaría dar a conocer los textos que se me ocurren constantemente, lo que escribo en un rato entre clases, al llegar a casa o cuando tengo unos minutos en cualquier momento del día. Me gustaría que quien lo lea me deje algún comentario, sólo para saber que mis palabras no son en balde. Muchas gracias, por adelantado.
Ahí va el primero:
PREOCUPACIONES
"La preocupación es algo omnipresente en nosotros: nos preguntamos si hacemos lo correcto, si elejimos bien ayer contando con lo que recibimos hoy o si tendremos la lucidez, fortuna y posibilidad de acertar mañana. No hay acierto ni error si no sabemos lo que queremos. Puede que todo nos parezca bien, que nos guste lo que vemos y no queramos cambiarlo. En ese caso, la casualidad es la que ha jugado en nuestro favor y es la razón por la cual, a pesar de no tomar resoluciones, estamos en paz. Pero esa es una paz ficticia, que no nos hemos ganado y, por lo tanto, efímera. Sólo es cuestión de tiempo que otra casualidad contraria a la primera lo eche todo a perder. Luego está la segunda opción. Sin decidir nada sentimos que todo sale mal, no estamos conformes con lo que hacemos y nos sentimos los seres más desgraciados del planeta. Pero confiamos en un indeterminado "ya se areglará" que sólo infunde falsas esperanzas y hace que el fracaso sea peor. En vez de tomar cartas en el asunto, porque la duda del acierto o fracaso nos paraliza, confiamos en tener la suerte a nuestro favor para arreglarlo todo. No sirve de nada. Sólo hace falta una resolución, una preocupación y una pregunta: "¿qué es lo que queremos?" Si tiene respuesta, el resto saldrá bien. Sólo necesitamos encontrar ese detalle para decidir, para gobernar nuestra vida y acertar."
Pikika.
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