martes, 9 de marzo de 2010

TRAICIÓN

Constantemente ella desearía poder parar el tiempo, sobretodo cuando se encuentra en uno de esos momentos en que disfruta. Es demasiado injusto que lo efímero sea bueno y lo eterno terrible. Que el corazón decida pararse cuando se sufre y, en cambio, que cuando disfrute parezca tener alas para llevarse esa felicidad lejos...

Son tantas veces las que ha caído, las que se ha visto traicionada. Lo que más le duele. Porque caerse por méritos propios tiene fácil remontada: reconocer el error. El problema es cuando la persona que le daba la mano al borde de un precipicio decide soltársela y ella se da cuenta cuando ya no tiene nada donde agarrarse. Tantas las ocasiones en que se propuso abandonar que ni las recuerda.

Pasado ese largo tiempo de dolor por la pérdida, ese daño casi físico que le deja alguien en quien confiaba cuando éste decide darle la espalda y tirarle piedras para luego esconder la mano, se da cuenta de que odiar es darle demasiada importancia. Ve que derramó más lágrimas por esa persona de las que pueda merecer, empezando por la primera y acabando por la última, que le regaló demasiadas noches sin sueño y demasiadas preocupaciones en su cabeza. Albira, como quien ve el Sol tras la tempestad, que ya se ha culpado a sí misma suficiente por lo que otros le hicieron porque no entendía de qué otra manera había podido ocurrir, no porque lo pensara de veras.

Lo mejor de todo es que ella nunca tuvo la culpa, si bien sus excentricidades la hacían diferente, jamás fue perversa. No era ella la que traicionaba, por tanto, no valía la pena seguir cargando con una culpa que en realidad era aire.

Se dio cuenta, al fin, de que lo único sabio y acertado era volver a levantarse, aunque pareciera imposible, porque eso, después de todo, significaba vencer. Magullada y sientiendo dolor en partes del cuerpo que no se ven, soltó un suspiro de alegría cuando al fin se vio de pie. Sólo la oyó el aire que la reodeaba mientras ella le dijo al viento que podía vencer y que vencería.

sábado, 6 de marzo de 2010

ARTE

A veces ella se pregunta dónde reside esa magia, aquella que le sorprende de vez en cuando en algún callejón, en las piedras antiguas de una casa o estatua que pueden mirar el pasar del tiempo.

Se pregunta, a la vez, qué es eso que tiene la belleza para cautivar, cuál es la esencia que embelesa, atrapa y deslumbra.
Cuestiona el misterio y sabe que existe. Está sorprendida, impresionada y llena de intriga ¿Cómo lo hizo ese artista para captar la desesperación? O aquel otro para pintar la serenidad ¿Qué ojos hay que tener para mirar la belleza a la cara y qué manos, milagrosas, pueden plasmarla en el arte, hacerla eterna?
Se pregunta, en el fondo, quién fue el magnate de la sensibilidad, el visionario capaz de ver más allá de lo mundano y captar lo bello e incorpóreo, que ni se toca ni se ve, sólo pasa como un destello casi inapreciable. Qué pudo tener esa persona para transformar esa esencia en algo tangible pintando, esculpiendo o edificando y hacer que sea magia para los ojos atentos que desean verla.